El Zancudo
Arturo Soto Munguia
En el astillero de la Marina Armada de México, en Guaymas, hombres y mujeres construyen buques y fragatas; navíos portentosos que surcan los mares con movimientos de buey manso, como si las miles de toneladas con que fueron construidos pesaran nada. Como si la carga que mueven fuera una pluma de gaviota.
En la colonia Popular, en Guaymas, uno de los muchos asentamientos humanos que nacieron entre las escarpadas laderas de los cerros, una mujer se ha construido a sí misma y va, como esos buques, surcando la vida como si las penas que traen encima pesaran nada. Como si la carga de haber nacido sin brazos y sin piernas fuera apenas un motivo para ser feliz, para ser madre, para repartir el amor y la solidaridad que no le caben en el pecho, haciéndose cargo del centro comunitario, donde hoy “sólo atiende a un viejito, pero hay veces que tenemos más gente”.
El astillero de la Marina Armada de México y la Colonia Popular, en Guaymas, tienen más cosas en común además de los agrestes cerros, el aire salobre de la humedad marina, el sol que cae a plomo: en uno y otra hay corazones que no se arredran, que construyen, que laten en la alegría de sentirse vivos y útiles; que le encuentran sentido a la vida sólo si ésta sirve para servir a los demás.
Allá en el astillero, el secretario de Marina, Vidal Francisco Soberón Sanz encabezó la ceremonia de botadura de un buque de aprovisionamiento construido por manos y cerebros mexicanos; una impresionante embarcación de cuatro motores propulsores diésel con una potencia total de seis mil caballos de fuerza, acoplados a cuatro ejes con hélices de paso fijo; dos impulsores de proa de 75 kilowatts, tres motogeneradores de 99 kilowatts y una grúa de pedestal con una capacidad de carga de 12 toneladas a 10.35 metros, de acuerdo con la ficha técnica.
La madrina de este buque fue la gobernadora Claudia Pavlovich Arellano, por cierto la primera gobernadora en la historia de México, que ha tenido el honor de participar en todo el protocolo, el ceremonial lleno de historias y leyendas que corresponde a la botadura de un barco, algo que comenzó en la Inglaterra del siglo XVII.
Pero nuestra historia de este día no comienza en el astillero, sino en la colonia Popular, a donde acudió la gobernadora para inaugurar el Centro de Atención para Enfermos de Cáncer y Familiares, de la Fundación Estoy Contigo, una institución de asistencia privada que tiene muchos años trabajando este tema.
El edificio, nuevecito, impecable. A un costado, se instaló el templete para el presídium; una lona para cubrirse del sol, muchas sillas para el público, que comenzó a llegar desde temprano. Allí, Adriana Quibrera de la Llata, presidenta de la IAP Estoy Contigo, que dirigió un recorrido por las instalaciones en la que explicó a la gobernadora las funciones de cada espacio, de cada persona en la atención de enfermos de cáncer.
En la ceremonia, los testimonios de sobrevivientes de esa enfermedad terrible. También el de la gobernadora, que conoce historias cercanas.
Enseguida del nuevo centro, una edificación más modesta. Un edificio público. El Centro Comunitario donde se atiende a los más desprotegidos. A los pobres entre los pobres.
Es imposible no ver a Reyna Lizzete Ortiz Enríquez. Camina sobre sus muslos, porque no tiene piernas. Sus brazos terminan en los codos, donde aparecen unas pequeñas protuberancias a manera de dedos. Está vestida muy modestamente, pero su sonrisa permanente parece salida de otro cuerpo.
Desde que llegó la gobernadora, se colocó en un lugar junto a la cerca de malla ciclónica que rodea el centro comunitario, bajo el porche. Aguarda paciente. Dice que hace tiempo quiere conocer a Claudia Pavlovich, pero se mantiene a distancia. No se anima a acercarse. Dice que anda despeinada y sin arreglarse.
Observa, desde el desnivel superior en que está construido el Centro Comunitario (el edificio de Estoy Contigo se encuentra en una hondonada natural, propia de las construcciones en los cerros) y allí permanece hasta que termina la ceremonia y la gobernadora se va.
El colega y amigo Francisco Cota le dice a la gobernadora que debe conocer a una mujer de cien. La referencia es clara sobre el programa gubernamental para enviar a Washington a mujeres que demuestren vocación de servicio y voluntad para capacitarse en sus trabajos.
La gobernadora regresa sobre sus pasos, cruza la cerca del Centro Comunitario. Se encuentra con Reyna. Es difícil saber quién fue la más sorprendida. Comienzan a platicar. Reyna le cuenta una parte de su vida, una parte muy pequeña, lo que hace, a quién cuida (ahorita a un viejito); conversan sobre algunas cosas.
La gobernadora, en cuclillas, escucha el testimonio de Reyna, que le explica cómo es que ella se hace cargo del Centro Comunitario, desde la atención a indigentes y enfermos, hasta la limpieza del local. Cuando se levanta, Claudia se lleva la mano a la boca. No lo puede creer.
-¿Escuchaste lo que me dijo? Me dijo “Ánimo”. A mí. Ella me dijo “Ánimo” a mí…, dice la gobernadora, visiblemente conmovida, mientras se enfila a la salida, pero antes de subir a la camioneta en la que habría de trasladarse al astillero de la Marina Armada, se regresa.
Vuelve a ponerse en cuclillas para hablar cara a cara con Reyna. Le dice que es admirable. Que se prepare porque el próximo año viajará a Washington para capacitarse en lo que hace. Que es parte ya de las mujeres de cien. Que falta un año, pero debe irse preparando para el viaje, le dice.
Y luego voltea a los reporteros y advierte: no necesita nominación. Yo también tengo derecho a proponerla, y ella se va a Washington.
Reyna sólo dice “Sí, sí, claro, claro”. Y se vuelve a colgar del cuello de la gobernadora.
La gobernadora se retira y mientras camina sigue repitiendo “¿Oíste lo que me dijo?, me dijo ánimo… ella”…
Y este columnista se regresó a platicar con Reyna, a quien estaban entrevistando entonces un par de funcionarias del DIF municipal de Guaymas.
“No sabíamos que eras la encargada del centro comunitario”, le decían. A ver, pásame tus datos, le decían.
En mi infinita ignorancia, le pregunté qué fue lo que pasó para que no tuviera piernas ni brazos. Imaginé algún accidente.
-No-, me dijo. Así nací.
Es algo congénito…
-No sé, respondió. Sólo Dios sabe lo que hace, dijo, apuntando al cielo con esas pequeñas protuberancias que tiene en los codos, como dedos. Y con los que escribe en computadora y ‘a mano’, aunque parezca una ironía cruel, pero lo hace con más bonita letra que cualquiera.
Es madre de un hijo. Madre soltera. En alguna ocasión, alguien le regaló una silla de ruedas con motor, adaptada con controles especiales para operarla desde su discapacidad. Metió en aprietos a los agentes de tránsito porque solía manejar por la Avenida Serdán y los agentes no encontraban en el reglamento alguna razón por la cual multarla.
A Reyna no se le quita la sonrisa de su rostro. Sin pernas, sin brazos, su vida es una de dificultades que se derrumban con su sonrisa, con su voluntad, con su fuerza.
III
Vimos, quienes asistimos a la gira de ayer en Guaymas, un buque que se hace a la mar. Olimos el bacanora que se estrelló en la proa siguiendo la tradición centenaria de ‘botar’ la embarcación con una botella de vino regional. Escuchamos cañonazos, notas marciales, seguimos protocolos militares, siempre rígidos e implacables.
Vimos el buque hacerse a la mar, listo para surcar los mares. Vimos también a Reyna, mujer de cien.
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