ESTE MIÉRCOLES EN el lujoso y costos hotel – restaurante Le Meridien en Reforma en la Ciudad de México, en la glorieta Colón, cerca del Senado, llegó a eso de las nueve de la mañana –hora de allá–, el ex gobernador Guillermo Padrés Elías.
Se le veía rozagante, lleno de vida, sin preocupación alguna, sin el bigote que tanto le caracteriza y mucho menos la barba. Lo pierde su sonrisa Colgate, por eso fue fácil su identificación de parte de algunos de los comensales allí presentes.
Puntual a la cita, faltando unos diez minutos antes de las nueve subió al segundo piso del mencionado local, con guaruras muy discretos para no llamar la atención, pero fue imposible que pasara desapercibido.
Vestido a la usanza guacha, con traje bien diseñado –sobre todo de color azul marino con ligeras rayas azul bajito de las que se pueden ver de cerca, de porte fino y de marca, camisa azulita y corbata roja–, como siempre le han gustado y que tantas veces se le vio vestir cuando era gobernador. Se le notaba su buen humor, pulcro, cero polvo en sus bien cuidados zapatos.
Sin el bigote se veía hasta más joven. Llegó en su Lincoln blanco envidioso. Con chofer, claro está, como le corresponde a un potentado.
Ya le esperaban otros personajes con cara de abogados, ninguno de ellos conocidos, no estaba ni llegó Antonio Lozano Gracia en las dos horas que estuvo en dicho restaurante.
A los minutos llegó Damián Zepeda, con su cara de niño grande, sonriente, feliz, como si hubiera alcanzado un objetivo trascendental en su vida. Llegó caminando, dejó lejos su carro como para que no lo vieran cuando descendiera. Usó el clásico traje negro, con camisa blanca, sin corbata que es para doños, según él. Muy a la Luis Miguel.
Diez minutos después de la hora pactada llegó Ricardo Anaya, serio, adusto, con su cara de nazi y al igual que Damián solo, sin guaruras ni ayudantes. Con saco negro, bajó de su camioneta Ford azul eléctrico, su chofer lo acercó a la puerta.
Por supuesto que la reunión en el segundo piso causó cierto movimiento periodístico, se dejaron ver en el restaurante a varios representantes de los medios de comunicación de allá que se apostaron en el primer piso a la espera de poder percullar alguna información para la crónica y entre estos iba el periodista sonorense Martín Holguín quien subió al segundo piso, se acercó a la mesa y saludo con fuerte abrazo a los reunidos en torno a esa mesa y muy posiblemente maneje la información este jueves. Quizá no.
Sin embargo, la conclusión lógica ante una reunión de este calibre es fácil de señalar: si tuvo la capacidad de maniobrar para que asistieran tanto el presidente nacional del PAN, así como también tener la presencia, lo cual no es de extrañar, del secretario general de dicho partido, la obviedad obliga a sostener que mantiene un peso político específico y firme con los dos principales manejadores de Acción Nacional.
Y una reunión así, pública, también obedece a un mensaje explicito, llano, que demuestra que su condición de político sigue vigente, que es capaz de sentarse a la mesa con ambos dirigentes para tomar decisiones que atañen su vida personal y la de su partido.
Otro de los mensajes claves que envía con esta reunión es que sigue siendo el alfa dominante, determinante en las decisiones claves de quienes, como Ricardo Anaya, buscan imponer como sistema y política de promoción la lucha contra la corrupción.
Y por supuesto, es válido subrayar que el principal mensaje va dirigido a toda la clase política del país para demostrar que no le preocupan ni las acusaciones, y mucho menos, lo que se escriba en medios informativos de cualquier parte de México o el extranjero.
Saldrán más conjeturas, claro está.
Y su presentación en público, luego de tanto tiempo escondido, también refleja que trae varios ases en la manga, entre ellos la suspensión provisional que obtuvo y que necesita ratificar, pero también el amparo contra todas las autoridades del país que manejó hace unos días a través de su abogado Antonio Lozano, lo cual, como decía doña Chonita, es otro tema.
EN FIN, ya apareció y por la puerta grande. Mañana le seguimos si Dios quiere.

