Abelandia

elzancudo - abelandia 2016

Nadie, entre aquellos no más de 20 amigos que un día se reunieron en el rancho El Nacapule para acampar con sus pertrechos de cazadores, imaginó que 20 años después ese remoto paraje se convertiría en el epicentro de un movimiento político anual que se viene sucediendo desde entonces, puntualmente, cada año en el penúltimo fin de semana de cada enero.

Lo que comenzó como un encuentro casual para la convivencia en torno a las afinidades cinegéticas de un puñado de amigos, el gusto por arreglar el mundo discutiendo en torno a una fogata con leña de mezquite, compartiendo el bacanora y la cerveza, la carne seca y los ‘burros paseados’, es hoy un referente obligado para entender, a partir de la convergencia hasta de mil quinientos asistentes, la política regional y sus avatares.

Bien a bien, no se sabe cuándo decidieron institucionalizar ese encuentro, ampliar la convocatoria y modificar el objetivo, que pasó del campamento cinegético a una gran fiesta en la que por tres días consecutivos desfila lo más representativo de la clase política sonorense. La del PRI, fundamentalmente, pero a la que han asistido personeros de otros partidos, dependiendo de las coyunturas políticas desde 1996.

 

II

Cualquiera que recuerde cómo el PRD se convirtió en 1997 en la segunda fuerza política en Sonora, por ejemplo, avasallando en el sur del estado y ganando los municipios de Cajeme, Navojoa, Huatabampo, Etchojoa, Empalme, Guaymas, entre otros, bien podría suponer que entre el polvo del camino entre Batacosa y El Nacapule; entre el colorido de las amapas, la sombra de los mezquites y las noches largas y frías, algo se discutió sobre el tema.

Cualquiera que recuerde cómo tres años después el PRD se fue al lindero de la marginalidad y resucitó el PAN como opción de gobierno en el sur de Sonora, en los años subsecuentes, hasta llegar a la gubernatura en 2009, también tendría que voltear a El Nacapule.

No es que allí se haya decidido todo eso, pero sin duda que en esos días allí se discutieron esos temas y, por el calibre de los asistentes, es altamente probable que lo discutido se replicara en otros foros ya más institucionales, ya más soterrados, como son esos espacios de la política mexicana donde se deciden vetos y votos.

Abelandia, se le ha dado en llamar y algunos especulaban que se trataba de una fiesta por el cumpleaños de Abel Murrieta, el hoy diputado federal que pasó seis años como procurador de Justicia en el sexenio de Eduardo Bours, y tres en el de Guillermo Padrés, donde lo sostuvieron, dicen, porque sabía demasiado.

Otros dicen que Ricardo Bours Castelo es el organizador de ese encuentro donde por tres días con sus noches se discuten desde los temas más banales hasta los asuntos que después, serán materia de los war room en las campañas electorales de los partidos políticos que se disputan el poder en Sonora.

En realidad Abelandia nació así, como un encuentro de cazadores reunidos en lo agreste del territorio sonorense, en pleno monte, donde la sobrevivencia depende de la concentración de todos los sentidos. Donde crepitan las brasas de mezquite para calentar el invierno sonorense, donde el calorcito llega dependiendo de qué tan cerca estés de las brasas.

Con los años, Abelandia se convirtió en lo que es hoy. La misma convivencia, la misma fiesta pero más grande. Y el desfile obligado de los que son y de los que quieren ser: funcionarios públicos de los tres niveles de gobierno; diputados locales, federales; senadores, alcaldes, empresarios poderosos y no tanto, periodistas, amigos y parentela diversa; líderes de movimientos sociales, campesinos, sindicalistas y uno que otro ‘columpio’ que logra colarse, ya que las invitaciones son rigurosamente personalizadas.

 

 

II

El Nacapule es un ranchito apartado, allá en la entrada sur de la sierra, donde el verano quema y el invierno se respeta.

Allí se discuten y se deciden cosas. Unas se cumplen, otras no, como sucede en cualquier otro cónclave. Allí se dan cita un chingo de amigos cada año, entre los que se encuentra lo más representativo de la clase política sonorense, para departir sin agenda ni orden del día, sin censuras ni ataduras sobre lo que pasa en Sonora, en México, en el mundo.

Nadie sabe bien a bien, tampoco, cuándo esto se convirtió en ese lugar imprescindible para los amarres políticos con miras a una candidatura o a un cargo público, pero por allí aparecen toda clase de personajes: los que ya son y los que quieren ser.

Hace algunos años se le dio en llamar “Abelandia”, porque el rancho es propiedad de la familia Murrieta, de don Abel Murrieta, el patriarca de esa familia y al que su hijo del mismo nombre, con toda su formación en el servicio público como jefe policiaco en Cajeme y como procurador en el estado, como jefe de toda la policía estatal en Sonora todavía le pregunta, cuando su padre lo pone a revolver los chicharrones en el gran cazo y se cansa:

“¿Ya? ¿Hasta cuándo le sigo?

-“Hasta que yo te diga”.

Y ahí está el diputado federal obedeciendo a su padre. A huevo, ni modo que no.

 

III

Allá en el monte todos parecen iguales, departiendo en grupos entre tragos de cualquier tipo de bebidas con y sin alcohol; platicando en torno a las islas de comida donde hay de todo: tacos de cabeza al vapor, tamales, carne asada, costillas, quesadillas, frijoles de fiesta, elotes asados y cocidos. Y el platillo fuerte: una vaquilla abierta en canal, atravesada en un tronco recto en el que la hacen girar a intervalos por espacio de algunas horas, sobre una generosa dotación de brasas, mientras la bañan con un preparado de aceite de oliva, especias y hierbas finas.

Tampoco nadie quiere perderse el ‘cajón cubano’, donde un cerdo y un borrego son bañados con un adobo especial y cocidos a las brasas.

Hasta 2015, cuando el propio Abel Murrieta lucía la playera oficial de esa edición, en la que aparecía un logotipo con seis borreguitos, a ese encuentro habían asistido sólo varones. En enero de ese año aún no se decidía quién sería el candidato del PRI a la gubernatura, pero muchos daban por hecho que sería Ernesto Gándara, “El Borrego”.

Los astros no se alinearon y la candidata fue Claudia Pavlovich Arellano, hoy gobernadora constitucional de Sonora. Ella se convirtió en la primera mujer en asistir a Abelandia.

La recibieron Ricardo Bours Castelo y Abel Murrieta. La gobernadora recordó que hace varios años le había sentenciado al diputado federal que algún día asistiría a ese lugar. Desde que era regidora en el Ayuntamiento de Hermosillo, entre 2003 y 2006.

En sentido estricto, debe decirse que fue la primera mujer en pisar Abelandia, pero no la única. Esta vez también estaban allí la jefa de la oficina de la gobernadora, Natalia Rivera Grijalva y la asistente personal de Claudia Pavlovich. Y también una reportera de Comunicación Social del gobierno del estado.

Entre broma y broma, el ex procurador comentó a la gobernadora que el evento cambiaría de nombre y ya no sería Abelandia, sino Abelaudia. Todos festejaron la ocurrencia.

Una hora después, arribó al lugar el senador Ernesto Gándara Camou. Las simpatías que despierta en la clase política siguen siendo impresionantes. Quizá tardó más de una hora en llegar a la mesa principal, porque todos querían el saludo, la selfie con El Borrego.

Claudia llegó acompañada de su esposo, Sergio Torres, y también andaba por allí el alcalde de Hermosillo, Maloro Acosta; el secretario de Gobierno Miguel Pompa y otros miembros del gabinete.

 

IV

En el rancho El Nacapule se respira poder. Político y económico. Todos conviven como grandes amigos. Todos parecen iguales en esa convivencia, pero, como dice el dicho, ‘hay unos más iguales que otros’.

Un vaquero habilitado para hacer arder la leña para las brasas que asarían la res en canal se esfuerza en desparramarlas dentro del cerco de piedras, con una pala.

“Oye” -le dice Ricardo Bours al vaquero- “Se me hace que son poquitas brasas; hay que hacer más brasas, traer otros troncos y prenderlos, para que aguanten hasta que se ase bien”.

Ricardo compartía algunas anécdotas con periodistas invitados, cuando dio la orden, amablemente al vaquero.

La respuesta del vaquero fue inesperada, por no decir genial.

“Pues a mí el Chapo me dijo que pusiera estas brasas nomás. Y yo nomás hago lo que el Chapo me dice que haga”.

Ignoro si el vaquero sabía quién le estaba dando la orden, pero su respuesta fue algo así como “no estés chingando, yo sólo obedezco al Chapo”, que supongo es el encargado de alguna cuadrilla de los que hacen la talacha en el rancho.

Ya no estaba muy fría la mañana, pero se congelo el ambiente. No había una sola nube en el cielo, pero en ese momento pensé que le caería un rayo al vaquero.

Ricardo Bours respiró hondo y con el tono más amable que le fue posible, le dijo:

-Está bien. Dile al Chapo que se vaya a la verga. Y que de aquí en adelante, no vas a hacer lo que diga él, sino lo que diga yo.

Un minuto después, el propio Chapo estaba acarreando troncos y arrimándoles brasas para hacerlos arder.

Y es que en Abelandia todos conviven como iguales, pero sí hay unos más iguales que otros…

 

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