
Pues si se trató de una cortina de humo, hay que reconocer que cumplió a cabalidad el objetivo. Todo el fin de semana no hubo más tema discutiéndose en los espacios de opinión pública que el de la re captura de El Chapo Guzmán. Para bien y para mal.
El involucramiento de estrellas de la pantalla grande como Kate del Castillo y Sean Penn abrió una veta adicional, sobre los alcances y limitaciones en el ejercicio periodístico visto a través del prisma de la ética y la responsabilidad, según la cual no debería darse voz a un reconocido narcotraficante y mucho menos, ensalzar su figura hasta ponerlo sobre el pedestal de un héroe.
Se cuestiona incluso el hecho de que el actor norteamericano sea o no periodista, aunque durante los últimos 30 años haya practicado el oficio de manera intermitente y que, como sucedió con la entrevista a El Chapo, publicada por Rolling Stone y replicada en infinidad de medios en el mundo, haya conseguido el sueño de millones de periodistas, de acaparar la atención y generar polémica en todo el planeta.
Por la naturaleza del caso y el perfil del personaje entrevistado, el impacto mediático fue tremendo.
El Chapo Guzmán es un narcotraficante que durante cuatro años consecutivos, de 2012 a 2015 fue incluido por la revista Forbes en la lista de los hombres más ricos del mundo, compartiendo créditos con poderosos empresarios mexicanos como Carlos Slim, Roberto Hernández, Germán Larrea, Jerónimo Arango, Ricardo Salinas Pliego y Alberto Bailleres.
Su fortuna era estimada en mil millones de dólares y aunque proviene de negocios ilícitos, eso no fue obstáculo para que en mayo de 2013 apareciera enlistado junto a otros nueve empresarios mexicanos que la revista Foreign Policy consideró entre los 500 hombres más poderosos del mundo.
Eso, y la muy larga saga de acontecimientos que han ido creando la leyenda del famoso narcotraficante, incluyendo las dos veces que se ha fugado de cárceles mexicanas -una de ellas, se supone, la de más alta seguridad en el país-, hacen que la entrevista sea una provocación, un reto atemorizante y morboso.
El relato de Sean Penn para contextualizar el encuentro es, más que una apología del narcotráfico sobre el que parece tener una visión crítica, una narrativa descarnada de las complicidades institucionales sin las que ese mexicano rural (como lo define) haya escalado de tal manera a partir de sus actividades ilegales, para ser considerado por el autor de la entrevista, como “el otro presidente de México”.
Como suele suceder en estos casos, el autor de la entrevista no puede evitar caer en el encanto de la personalidad del capo. Subyugado entre la admiración y el miedo, el actor estadunidense, por ejemplo, saca cuentas sobre el valor del reloj que lleva Alfredo, el hijo de Guzmán Loera que condujo el auto en el que lo llevaron, junto con Kate del Castillo al aeropuerto desde el cual volarían hasta la sierra sinaloense.
Un avión con dispositivos para no ser detectado por radares. Pero por si algo falla, Alfredo dice que tiene contactos en el Ejército que le avisan si alguna nave los está siguiendo.
“Es guapo, delgado y bien vestido. Portaba un reloj que probablemente tenga más valor que todo el dinero guardado en los bancos de varios países”, escribe Penn.
En el trayecto por carretera al lugar del encuentro, son detenidos en un retén militar. “Alfredo baja la ventanilla; los soldados se alejan avergonzados y nos dejan pasar”, relata.
Y ese relato dice más que la entrevista, en la que El Chapo no permite ni grabación ni apuntes. Es más bien una conversación relajada, entre tequilas y carne asada en lo alto de la sierra, citada de memoria. Allí mismo pactaron un nuevo encuentro que ya no se realizó porque Guzmán Loera estuvo huyendo en los días siguientes, acosado por el gobierno mexicano, que finalmente lo capturó el 8 de enero.
Aun así, se dio tiempo para responder varios mensajes vía teléfonos encriptados y hasta para grabar un video en el que responde algunas preguntas que realmente no aclaran más de lo que ya se sabía sobre su vida.
Sean Penn no es omiso respecto al componente criminal que subyace en la historia de Joaquín Archibaldo Guzmán Loera, y toda la estela de sangre regada por el suelo mexicano en un festín macabro de ejecuciones y hechos violentos. Tampoco al papel de Estados Unidos como el principal mercado mundial de las drogas.
Esto de alguna manera matiza la intención del narcotraficante por aparecer, no ‘como una monja’ (cito sus palabras) pero sí como uno de esos hombres que, como dijera Monsiváis, “nacidos para perder, enfrentan con ferocidad las exigencias del destino”.
Es, desde luego, un caso excepcional y por lo tanto, periodísticamente ineludible.
Leyenda, pero también mito, El Chapo Guzmán encarna el sueño de muchos jóvenes de las áreas rural y urbana en el país, que bajo la premisa de ‘vivir 5 años como rey, antes que 50 como buey’, se enrolan en las filas del narcotráfico acaso soñando con una vida de lujos y excesos, que para la mayoría de ellos jamás llegará.
Por miles se cuentan los muchachos que antes de probar a qué saben el poder y el dinero, aparecen indigestados de plomo, descuartizados en el monte o colgando de algún puente, meciéndose al vaivén de sus sueños rotos.
Esa es la parte que no pocos periodistas, académicos, intelectuales y opinantes ocasionales citan para reprobar lo que hicieron Kate del Castillo y Sean Penn, pero también los editores de Rolling Stone y otros interesados en que esa historia fuera contada.
Quienes así lo hacen, generalmente desestiman la muy larga tradición del pueblo mexicano, que suele identificarlo con ciertos ‘bandidos’ que le resultan carismáticos frente a un gobierno que durante siglos ha sido incapaz de trazar y seguir una ruta de progreso que incluya a todos, y al contrario, se ha ensañado con los más pobres.
No digo que sea lo correcto, sólo digo que así ha sucedido desde los tiempos de la Colonia y hay casos que lo documentan.
Acaso el primero de ellos fue Agustín Lorenzo, un indio poblano conocido como “El Bandolero Enamorado”. Expoliado desde la infancia por los señores de la tierra, huyó a las montañas donde formó una banda que a la postre fue conocida como Los Bandidos de Río Frío, que asolaron la región de Puebla, Tlaxcala, Estado de México y Guerrero, robando a los ricos para repartir el botín entre los pobres, que los protegían en sus huidas.
Joaquín Murrieta, que en 1850 creó un ejército de bandoleros para robar y matar gringos en California (en venganza por el asesinato de su esposa y su hermana), y repartía el dinero entre mexicanos pobres; Chucho El Roto, que entre 1890 y 1910 se disfrazaba de hombre elegante, de mujer o de político para robar a los ricos porfiristas; Heraclio Bernal, también conocido como “El Rayo de Sinaloa”, perseguido por los hacendados porfiristas debido a su bandolerismo, y de quien se dice, inspiró la leyenda de Jesús Malverde, ‘santo’ al que le rinden culto los narcotraficantes, precisamente.
Insisto, no digo que esto sea lo correcto, sólo digo que independientemente de la moralina institucional, así ha sido y así es. Baste asomarse a los testimonios de mucha gente en Sinaloa y en otros estados de México, para saber que El Chapo Guzmán tiene más consenso que muchos políticos y gobernantes.
(La entrevista completa realizada por Sean Penn la puede usted leer aquí y sacar sus propias conclusiones http://www.elzancudo.com.mx/vernoticias.php?artid=6076&categoria=1 )
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