Y el cielo se ensañó con Guaymas

El Zancudo
(No mata, pero hace roncha)

Arturo Soto Munguía

Claudia Pavlovich recorre Guaymas

Extraños modos los que tiene la naturaleza para probar su fuerza. Macabro humor el del cielo, que descargó toda su furia sobre un pueblo donde el agua rara vez corre por las tuberías, pero que la noche del sábado cayó a chorros haciendo bramar arroyos y cañadas por donde se fueron patrimonios y sueños.

En la colonia Fátima, de Guaymas sólo hay charcos, lodo, riachuelos de aguas negras y mucho dolor y desesperanza.

Es una colonia popular, como otras tantas en el puerto, edificada sobre los cerros. Allí se registró la mayor precipitación durante el menor tiempo. Fue una tromba que anegó las viviendas sorpresivamente. En algunas el nivel del agua alcanzó más de un metro; en otras, las paredes construidas con material de bajo costo, no resistieron. Los techos se vinieron abajo, entre llantos de niños y rezos de ancianos.

106 milímetros en tres horas fue la precipitación. Fue como una tromba, explicó el delegado de Conagua, César Lagarda, también presente en el lugar.

Lo primero que encontramos al llegar al lugar fue una mujer en cuyos ojos podría haber más agua que bajo sus pies. De evidente condición humilde, viste una camiseta negra aún húmeda después del trajín de la noche anterior rescatando lo que le fue posible. Es empleada temporal de un empaque pesquero y va por la vida ganando el pan con un brazo amputado y un padre enfermo de cáncer que convalece en lo que fue su vivienda.

En lo que fue, porque de ella no ha quedado gran cosa. Se llama María Luisa Cerón Mendoza y no tiene más de cuarenta años. Con voz que se quiebra en su garganta cuenta lo ocurrido, la sorpresa, el miedo, las prisas. La desgracia de su padre, que un día antes fue, trabajosamente, a comprar algo de ‘mandado’. Hasta eso les llevó el agua.

María Luisa, como cientos de habitantes de esa colonia, esperan que llegue la gobernadora Claudia Pavlovich, que en la víspera canceló un viaje a Monterrey para estar presente en la inauguración del primer gobierno estatal independiente, encabezado por Jaime Rodríguez Calderón, “El Bronco”.

Claudia cambió la gala por un mezclillazo, zapatos bajitos y una inagotable capacidad de asombro para escuchar los testimonios de la desgracia, para cerciorarse directamente de las dimensiones del desastre.

Va por las callejuelas lodosas, llenas de piedras peladas y muebles muy modestos: mesas, televisores, cómodas y roperos, colchones. Todo lo dañó el agua. La gente sale y se arremolina, estira sus brazos a la gobernadora y su comitiva, en la que destaca el secretario de Salud, Gilberto Ungson que siempre estuvo a su lado, con rostro sombrío, pero con palabras de aliento.

Hay militares y policías estatales, federales y municipales en el recorrido; personal de ayudantía que toma nombres, levanta datos, apunta todo en un rápido ejercicio de recuento de daños. Por ahí también el secretario de Gobierno, Miguel Pompa, que tampoco se da abasto atendiendo los reclamos, escuchando los relatos de la tragedia de quienes tenían muy poco y ahora no tienen nada, más que el llanto en los ojos y las manos extendidas y la esperanza de que alguien los ayude.

También participan en el recorrido el alcalde de Guaymas, Lorenzo de Cima y su esposa.

Casi en la orilla de la carretera, donde desemboca el arroyo principal, dos hombres conversan y mueven de un lado a otro la cabeza. Cuidan sus vehículos -lo que de ellos queda- después de ser arrastrados por el agua a través de un par de kilómetros. Están destrozados. Son carros de trabajo que la fuerza de la crecida se llevó como barquitos de papel, estrellándolos una y otra vez contra las rocas y los muros de concreto del arroyo.

Uno se llama Juan Antonio y sólo sonríe ante la pregunta sobre si el auto estaba asegurado. Nada más voltea a verlo, donde terminó, doblado como una lata contra el muro. El otro se llama Miguel Ángel García. Es el propietario de una Silverado negra que alguien grabó la tarde anterior navegando a gran velocidad entre las revueltas aguas de la crecida. Está completamente destrozada.

Más adentro del arroyo hay un espectáculo increíble: tres autos, encimados uno tras otro se sostienen milagrosamente, encajados en el muro de concreto. Ahí sus dueños hacen guardia, porque en las sombras de la noche, los malandros los desvalijaron, llevándose las piezas que pudieron quedar buenas: llantas, rines, cajas de herramientas y lo que pudieron robar.

El recorrido de la gobernadora sigue. La abordan una y otra vez, le piden que entre a sus casas, que vea las condiciones en las que quedaron.

La señora Mariela Araiza la jala de un brazo, la conduce hasta su humilde vivienda de dos cuartos, con marcas de agua a más de un metro del piso. Se quedó sin nada. En el patio frontal, lleno de lodo y charcos hay un equipo de sonido: wafles, bocinas, micrófonos, ‘un cerebro’, aparatos que recién compró su hijo, dedicado a la renta de ese equipo para amenizar fiestas con su tecnobanda. Todo está mojado y lleno de lodo. Inservible.

Más adelante un joven, Jesús Antonio Carrillo le pide que vaya hasta su casa, más arriba del cerro. Su ex casa. El techo de láminas y maderos cayó como si una mano gigantesca hubiera descargado el puño con fiereza.

Antes, una señora ahogada en llanto le muestra su casa. También está completamente destruida, caídos techos y paredes que hoy son sólo un montón de tablas, láminas y maderos.

La gobernadora tiene las mandíbulas endurecidas, los ojos fijos en la señora, su voz firme pidiéndole que se trasladen al albergue mientras se canalizan los apoyos. Que no estarán seguros en sus casas durante los próximos días, que hay riesgos de accidentes y enfermedades, pero la señora no deja de llorar.

A lo largo de las calles hay hombres y mujeres descalzos, con botas de hule, palas y escobas tratando de limpiar sus hogares; sacando los muebles, amontonándolos entre el lodo. La desesperación se ve en sus ojos y en sus manos crispadas. Se escucha en los gritos pidiendo ayuda al paso de la comitiva.

Hay 800 casas con daños mayores y 400 vehículos dañados. Para guarecer temporalmente a los damnificados se habilitaron seis albergues: uno en el cuartel de bomberos , en el centro comunitario la Popular, y en diversas colonias, donde se atiende a 267 personas.

Los apoyos comienzan a fluir. Hay camionetas llevan agua embotellada y despensas.

La gobernadora es insistente en su convocatoria a la solidaridad para con los damnificados y en su llamado para que, aquellos cuyas viviendas quedaron en malas condiciones se trasladen a los albergues.

Anuncia que los recursos gestionados ante el gobierno federal para combatir la epidemia de dengue ya se aplicaron. Que se están gestionando recursos del Fonden para iniciar los trabajos de limpieza y reconstrucción en esta parte de Guaymas, donde el cielo se ensañó con los más pobres.

Posteriormente la gobernadora se trasladó al cuartel de bomberos, donde unas 80 personas reciben alimentos, medicinas y tienen un lugar donde dormir. El escenario es de una gran tristeza también ahí, donde llegan quienes lo perdieron todo.

Después de la tempestad no llega, desgraciadamente en este caso, la calma. Las lluvias destrozaron patrimonios, pero además dejarán secuelas: posibles brotes de enfermedades contagiosas que se suman a la epidemia de dengue, ya con manifestaciones en varias partes del estado.

Por ello la gobernadora giró instrucciones para que el secretario de Salud se instalara en Guaymas con un comité municipal de atención para dar seguimiento a los problemas que seguramente se dejarán sentir en los próximos días.

Guaymas está sufriendo. La solidaridad urge.

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