Breve historia de huevitos de plata, que son de oro

El Zancudo
(No mata, pero hace roncha)

Arturo Soto Munguía

Ali Soto - toronto 2015

Aflojó un poco la grilla en estos días vacacionales y aunque entiendo que las patadas bajo la mesa están a la orden del día, el de ayer fue un momento para olvidar un poco los asuntos que mantienen a un sector del respetable público con el Jesús en la boca.

A unos por ver si entran al gabinete, a otros por ver cómo salen del bote, toda vez que a partir de la fuga del Chapo Guzmán, se han endurecido las medidas de seguridad en los penales y quién sabe si les alcance lo robado para pagar la fianza, en caso de que alcancen.

Ayer nos olvidamos de eso, habrán de disculpar, por asuntos personales. Pero es que desde que amaneció, resultó inevitable para su servilleta, hacer el recuento de una historia de esas que conforme se va escarbando en la memoria, dan pinchazos en el corazón y soplan sobre las brasas de los recuerdos, sacando chispas de tristezas, alegrías, corajes, sustos, asombros…

Cuánta angustia y cuánto miedo cuando a los seis meses de nacido, el Alí estuvo en el umbral de la muerte, atacado por una bronconeumonía maldita. Cuánta impotencia y cuántas ganas de llorar para no oír al médico decir que probablemente no sobreviviría. Cuántos nervios al verlo en el cunero, bajo la cápsula de plástico y mangueras por todos lados; escuchar su respiración agitada y ruidosa aquél invierno del 93.

Fue su primera gran batalla y la ganó. Con atenciones médicas y cuidados, en unas cuantas semanas ya estaba chingue y dale. Sus primeros pasos, sus osadías trepando árboles o metiéndose en greña a los chapoteaderos, la bici que nunca necesitó llantas laterales, las primeras palabras que se quedan como el tatuaje que ayer señaló en su brazo derecho con el índice, para siempre: “¿Por qué no se van a besar al monte?”, nos dijo a Rossy y a mí, el día que nos sorprendió en un arrumaco veinteañero.

Más grandecito comenzamos a patear el balón, a ir todas las tardes a correr en el llano hasta que entró a un equipo donde le apodaron “Cosita”. Lo siento, suena cursi, pero así le decían. Y corría y corría por la cancha como lateral izquierdo con más ganas que efectividad. Y su madre y yo corríamos por la banda gritando y agitando los brazos como buenos novatos en esas lides de ver a un Maradona en potencia, porque Messi ni siquiera debutaba y quizás andaba en sus propios sufrimientos.

Cada verano, así fuera en democrático Multirrutas, Rossy lo llevaba al campamento de verano de Codeson, cuando esa institución aún no caía en manos de la imbecilidad congénita. Allí se practicaban muchos deportes, entre ellos la lucha grecorromana, que comenzó a practicar con lastimosos resultados.

Dos o tres años pasaron sin que llegara una victoria. Peor. La primera competencia oficial, en Guadalajara, un torneo regional, regresó con una hernia que hubieron de operar y lo mantuvo varios meses inactivo. No se arredró. Volvió al entrenamiento y en 2009 ganó su primera medalla de oro en olimpiada nacional. Ese mismo año, el panamericano de luchas en Nicaragua, junto con el trofeo al mejor luchador del torneo.

Y de allí pal Real. Salvo en 2010, cuando una lesión lo dejó fuera de las competencias, en los siguientes cuatro años ganó oro en olimpiadas nacionales en categoría infantil, cadete y juvenil. También los panamericanos en Guatemala, Brasil y México. Luego vinieron medallas en torneos internacionales en Estados Unidos, Cuba, Brasil y Europa. Cuarto lugar mundial en Rumania y bronce en el Mundial de Tailandia.

Muchos más. Bronce en los pasados juegos centroamericanos, por ejemplo. Sacrificios, dedicación, entrega y sobre todo, amor por la lucha.

Siempre he sostenido que la objetividad en el periodismo no existe, pero tratándose de mi hijo, esto es particularmente cierto.

Ayer conquistó la medalla de plata en sus primeros Juegos Panamericanos donde los varones de la selección nacional obtuvieron un bronce más, en Toronto.

Es pequeño el espacio para relatar lo que ha sido la trayectoria del campeón, pero es suficientemente grande el orgullo para dedicarle estas líneas con las que le salgo debiendo. Y con las que sin duda, les debemos él y yo a su madre, mi compañera de toda la vida, Rossy, que ayer casi inundaba la sala con sus ojos acuosos mientras lo veía luchar.

Esas son las cosas que nadie platica. Como cuando se rompió un brazo por andar de cabrón en un supermercado y meterlo en la banda de la caja; o cuando casi se desprende un dedo con la cadena de la bicicleta a la que nadie le dijo que se arrimara mientras la estaba reparando.

Miles de recuerdos que se agolpan hoy en la memoria, y en el corazón henchido de orgullo por lo que apenas comienza.

Todo eso forma un compendio de experiencias y esperanzas que escapan a las mezquindades de la política.

Es decir, de la política entendida como el altar donde se le rinde culto al amiguismo, al compadrazgo, a la corrupción y las complicidades, al enriquecimiento obsceno y la mediocridad galopante; a todo eso que han sido las políticas públicas relacionadas con el deporte en este sexenio.

Por eso, cuando me preguntan por Vicente “El Kahwagi Región 4” Sagrestano, prefiero que se ahogue en sus mediocridades personales infructuosamente maquilladas con dinero robado, para vergüenza de su familia, si es que la tiene. La vergüenza, no la familia.

Por lo demás, la vida sigue.

Y habrán de disculpar mis panamericanas lectoras, mis gladiadores lectores esta digresión, pero ando que no quepo de contento. Ya mañana le seguimos con temas más serios y profundos sobre política, por hoy, estamos de fiesta y nada lo va a arruinar.

También nos puedes seguir en Twitter @chaposoto

- Anunciante -
- Anunciante -

Últimas noticias