La importancia de la genética social de los hermosillenses

Archivo Confidencial
Escrito por Armando Vásquez A.

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Hermosillo siempre ha sido y será, al igual que todas las capitales, el lugar donde se concentran gente de todos los pueblos vecinos.

Los hermosillenses  suelen traer en sus genes y así los manifiestan con su educación en familia, la idea clave de que todos somos iguales y por lo tanto no hay unos que son más que otros.

Los “creiditos”, aquellos que muestran sus ínfulas de grandeza, por lo general son rechazados por el común y cargan con esa fama el resto de sus vidas. Por eso sigue siendo un rancho grandote, tradicional, aun y cuando una rama naciente busca lograr hacer despegar a Hermosillo de esa idiosincrasia sin lograrlo de momento pues los hermosillenses no siguen a “líderes” que no convencen y que no encuentran la cuadratura, la fórmula, para imponer esquemas novedosos aplaudidos por todos, no por unos cuantos. La carreta no jala parejo y se atasca.

El hermosillense no gusta de imposiciones y como en todo, está reacia a que se le incrusten ideas, productos, pensamientos a chaleco, sin tomarlos en cuenta.

Por eso, cuando observamos la última encuesta de TM Reporte en la cual el candidato del PRI en casi dos meses rebasó al candidato del PAN en la elección a alcalde de la capital, en la búsqueda de la raíz de tal acontecimiento se tiene que dirigir la mirada al origen genético de la sociedad hermosillense y quien no la comprenda, por más que quiera imponerse, sin aplicar primeramente una sensibilidad oportuna y debida de su proyecto, sin duda alguna fracasará.

Eso es lo que le está ocurriendo a Damián Zepeda y a sus proyectos que no ha sabido venderlos adecuadamente. Ni su figura personal y pensamientos pueden encasquetarse en la mente por mero capricho, no hizo lo que los especialistas llaman un estudio histórico adecuado de mercado por plaza. Están dislocados su tiempo y el de los hermosillenses… no embonan.

Y en ese estudio histórico Damián Zepeda pudo haber descubierto que mientras en su niñez paseaba en patineta en calles pavimentadas,  los otros, por no decir casi todos los hermosillenses de su infancia, veían esos artefactos en la tele, en una analogía valedera, la gran mayoría eran el chavo del ocho mientras él pertenecía a la minoría que simboliza Quico.

Manuel Ignacio “Maloro” Acosta, el del PRI, tres años atrás hizo campaña y perdió frente a un Alejandro López Caballero y un gobierno de Guillermo Padrés que se encontraban en el pináculo de su sexenio. Conoció Hermosillo de pe a pa, pero sobre todo, el origen de sus habitantes.

Por ello su propuesta fue en el sentido de cambio, pero manejado con cuidado, sin tocar puntos sensibles ni avasallar con los tiempos como ocurrió con el teleférico. Ambos son prácticamente de la misma edad pero su diferencia radica en el conocimiento del Hermosillo popular y tradicional, el que sabe, como le ha ocurrido al Maloro, lo que es un piquete de hormiga y cuyo dolor –más todo lo que ello encierra–, no se siente ni se aprende en los libros.

María Dolores del Río también entiende el sentir hermosillense, por eso no es raro que sus números se muevan a la alza pero más lentamente.

Las encuestas, si bien es cierto que dictan una radiografía momentánea, también lo es que reflejan una tendencia cuyo incremento o disminución rumbo al 7 de junio, dependerá del actuar de los candidatos, de sus errores o aciertos  y sobre todo, de saber codificar lo que los hermosillenses quieren, no imperiosamente lo que necesitan, y  esta diferencia entre querer y necesitar está escrita precisamente en los genes sociales que el Maloro ha sabido entender, de allí su ventaja actual sobre Damián.

EN FIN, por hoy es todo, mañana le seguimos si Dios quiere.

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