
Colaboración especial de Carlos Sánchez
A ritmo de big band, con pasos de mambo, con la alegría dispuesta. En pleno corazón de la Plaza Zaragoza.
Así se vive el tercer concierto de la primera temporada 2015 que ofertó la Banda de Música del Estado de Sonora, bajo la dirección de Luis Gerardo Trejo Cervantes.
Al caer la tarde se levantan las notas. Piezas que fluyen en el colectivo de la memoria, ritmos que convocan al movimiento natural en el cuerpo de los espectadores.
El director de la Banda narra la historia del contenido del programa. Elocuente subraya la anécdota aquella del muchacho negrito que fue en su momento el mejor de la noche, el óptimo en el baile, y fuente de inspiración para la pieza que por nombre lleva Bimbo.
Luego llega el tema de la película American Grafitti. Posteriormente Frank Sinatra el infaltable. Y así el repertorio que llena el viento de la plaza. Y los espectadores que cada vez son más. La inquietud que provoca el ritmo crece en los cuerpos sobre las sillas.
Y qué si un niño se desata de las manos de su madre y baila con libertad. Y qué si de pronto ocurre que otro niño lo secunda, allá, debajo del árbol donde una familia de pájaros dentro de su nido asoman la mirada para encontrar música.
Antes de concluir el programa vendrá la expresión corporal desde la humanidad de estudiantes de danza de la Universidad de Sonora. La cereza en el pastel, la alegría en las palmas, las piernas, los hombros, el cuerpo todo porque estos muchachos acompañan las notas de El cumbanchero, incluso con la sonrisa.
Y bailar es oportuno ahora que la tarde se dispone. Emular los pasos del grupo de estudiantes en cuyo atuendo también se inscribe el divertimento.
Al caer la última nota del concierto, los aplausos son a manera de gratitud. Para con los estudiantes bailarines, para con los músicos de la banda y su director.
Antes de levantar los instrumentos una desbandada de pájaros parece celebrar también la música. El ritmo dispuesto otra vez. Debe de ser primavera.
