Arturo Soto Munguia
En las puertas del salón de plenos, las puyas entre lideresas de barrio son el preludio de una sesión que se esperaba agitada, pero no tanto.
Más que choque, es el reencuentro de algunas de ellas que ayer fueron tricolores y hoy se envuelven en la bandera guinda de Morena. Los dos bandos están allí para hacer lo que mejor saben hacer: el apoyo matraquero o el insulto a voz en cuello.
Son las 11 menos diez y también rondan por allí algunos atildados jóvenes con aire yuppie, anteojos de intelectual y camisas planchaditas. También son de Morena, pero de esa otra parte, no la del lumpen de cartolandia, sino de esa pequeña burguesía ilustrada que terminó entreverada en la heterodoxia de una coalición que en su pluralidad fincó su triunfo, y en su diversidad esculpe su primera derrota.
El fantasma de Gilberto Otero se pasea otra vez por el Congreso. Diputado priista a principios de los 90, últimos años de la aplanadora tricolor, se le recuerda con sonrisa socarrona haciendo escarnio de la oposición, cuando era aplastada en las votaciones: “otra vez nos minoritearon”, solía decir.
Años más tarde, cuando el PRI perdió la gubernatura y el PAN comenzó a perfilar el sexenio de corrupción más rampante que se recuerde, se lamentaba: “es que la oposición está haciendo no sólo lo que hacía el PRI, sino también lo que se imaginaba que hacía el PRI”.
Hoy, con cinco diputados el PRI y con tres el PAN (todos plurinominales porque no ganaron un solo distrito en las urnas), integran bancadas minoritarias que aparecían como presas fáciles de la emergente fuerza de la coalición que encabeza Morena, con 21 diputados: diez de Morena, seis del PES y cinco del PT.
Una nueva mayoría que hasta ayer pensaba, no sin cierta arrogancia y triunfalismo que le sería fácil pasar por encima de sus minoritarios adversarios.
Pero las cuentas no les salieron. Un poco por esa soberbia que los llevó a considerar que podrían sacar, al grito de “es un honor estar con Obrador”, la mayoría calificada (22 votos) que requerían para el nombramiento ayer mismo, de los 16 nuevos funcionarios administrativos que sostienen un litigio laboral tras ser despedidos en un desaseado proceso que comenzó en la anterior legislatura y que la actual terminó de enredar.
Es obvio que Morena ya había cabildeado con Movimiento Ciudadano, cuya única diputada, María Dolores del Río estaba de su lado. Y que los diputados del PT, aun cuando habían adelantado que en este tema no irían con Morena, recapacitarían de último momento y se plegarían para pasarle por encima al PRI, al PAN, al PVEM y al PANAL.
Pero la suficiencia y el desconocimiento de la técnica legislativa son una mala combinación para la práctica parlamentaria.
La presidente del Congreso, Rosa María Mancha Ornelas comenzó mal y terminó peor.
Comenzó tratando de impedir el acceso a representantes de medios de comunicación al salón de plenos, pero fue reconvenida y terminó concediendo que permanecieran allí, pero que no se anduvieran atravesando por los pasillos, “porque esto no es un mercado”.
En la repleta área para el público bien pudiera haberse escuchado el grito de “Óóóóóóóiiiiiilaaaaa”, mientras las huestes morenistas y priistas seguían en sus intercambios de puyas en una alharaca interminable, en lo que se rolaban las sodas, las papitas y los picos de gallo.
Así se llegó al polémico punto cuatro del orden del día. El punto de acuerdo presentado por diputados de la CRICP para el nombramiento de los nuevos funcionarios.
Yumiko Palomares, morenista del distrito 10 (Hermosillo) fue la encargada de leerlo en tribuna, tratando de que su voz alcanzara unos pocos decibeles más que la gritería en gayola. Luego, ya desde su curul, volvió sobre el discurso de los últimos días: la gente votó por un cambio, no los defrauden. No es posible que funcionarios del Congreso amenacen a los diputados, dijo, aludiendo a la demanda penal contra la presidenta, presentada por los cesados.
Y allí comenzó la reedición de un debate en el que los diputados se han empantanado durante las últimas dos semanas.
El primero en salir al quite fue Jorge Villaescusa, del PRI, quien reiteró que el pleno no puede validar el nombramiento de nuevos funcionarios porque hay un ordenamiento judicial que lo impide de momento. En caso de hacerlo se estaría incumpliendo responsabilidades administrativas y derivará en consecuencias penales, afirmó desde tribuna, en medio de una tormenta de gritos desde gayola: ¡Vendido! ¡Rata!, fue lo menos que le gritaron los morenistas.
Le siguió Raúl “El Pollo” Castelo, de Morena que, jugando para las gradas enfatizó el pasado de corrupción que ha signado a los gobiernos del PRI y el PAN “que se equivocaron, que se excedieron y se alejaron de los intereses del pueblo”, sostuvo, y reiteró que el Congreso de Sonora tiene un “exceso de privilegios de más de 230 millones de pesos”.
Y en gayola, aplausos y consignas de los morenistas. De parte de los priistas, un cántico burlesco: “¡Quiere llorar y no puede, quiere llorar y no puede!”.
Luego vino el histriónico Rodolfo Lizárraga, comediante guaymense y envidia de más de cuatro colegas que han manifestado su deseo de hacerse un microblading como el que luce con orgullo el diputado del PT, que está resultando una revelación en sus intervenciones.
De entrada, solicitó a la secretaria de la mesa directiva leer el artículo primero constitucional que garantiza los derechos a todos los mexicanos: derecho al trabajo, la educación, la salud, la no discriminación…
La secretaria, Marcia Lorena Camarena, del PES hizo un gesto de extrañeza, como asumiendo que el diputado no tenía por qué pedirle eso, pero es un trámite protocolario usual. Lo leyó.
Y basado en eso, Lizárraga manifestó que la bancada del PT votaría en contra, dijo que “es un honor estar con Obrador” y que por eso se manifestaba a favor de la legalidad y no podía ir en contra del ordenamiento del Tribunal de Justicia Administrativa…
Ya para eso, en gayola se ensañaban con él: “¡Traidor!”, retumbaba el grito en el salón de plenos. “¡Vendido!”, le espetaban a todo pulmón. “Vamos al Noa Noa, vamos al Noa Noa”, le cantaban…
Con aplomo, el guaymense les recordó que un día como este se conmemoran los 50 años de la masacre de Tlatelolco, y que en esas fechas, así les gritaban los priistas a los estudiantes. “No nos convirtamos en el nuevo PRI”, les gritó en medio de un estridente fuego cruzado de insultos.
Subió entonces a tribuna Martín Matrecitos. Con gesto duro advirtió que no se dejarían chantajear como los panistas lo hicieron en la legislatura pasada, al aprobar junto con el PRI el paquete de reformas constitucionales. Aquí estamos para defender la legalidad. Y los que se quieran ir que se vayan, dijo.
La flecha dio en el corazón del coordinador del PAN, Gildardo Real, que ya había adelantado la posición de su bancada: se abstendrían, pues aunque están de acuerdo con el relevo en el aparato administrativo, éste debe hacerse con respeto a la ley y en un plano de diálogo donde prevalezcan los acuerdos políticos.
Dejó claro también que el PAN está de acuerdo en respetar la nueva mayoría que arrojó el voto en las urnas, y coincide con Morena cuando califica al PRI de corrupto, autoritario, hostigador y amenazante “pero quiero decirles que ya pienso lo mismo de ustedes, que van por el mismo caminito”.
Luego subió María Dolores del Río para aportar una buena y una mala al debate. La buena, cuando sostuvo que el Poder Legislativo es autónomo y puede decidir las contrataciones y remociones que considere pertinentes. Que así como en el gobierno estatal y en los municipales, cada nuevo titular del poder ejecutivo nombra a sus nuevos funcionarios, la nueva legislatura puede hacerlo también.
La mala, cuando dijo que los votos de los diputados dan legalidad a cualquier acuerdo, lo que no es necesariamente cierto, porque el Poder Legislativo es autónomo, pero no plenipotenciario ni está por encima de los otros dos poderes. Y cuando conminó a los panistas a pronunciarse por un “sí” o un “no”.
Si la puya de Matrecitos caló en Gildardo Real, la de María Dolores hizo lo propio en Eduardo Urbina, que le respondió en términos similares: “no estoy de acuerdo con el resolutivo del tribunal, pero se tiene que respetar viniendo de un poder autónomo; esto no se trata de un “sí” o un “no”, sino de construir acuerdos”, le reviró.
Y si los panistas habían adelantado su voto como abstención, al parecer las puyas morenistas los llevaron a votar, finalmente, en contra.
Enseguida, Fermín Trujillo, del PANAL, sacó su retorcidísimo colmillo para elogiar al pueblo sonorense que decidió en las urnas a favor de una nueva mayoría, pero, dijo, esa nueva mayoría no les da el derecho a violar las leyes. Dejemos que el Tribunal resuelva en definitiva el asunto de los funcionarios cesados y entonces le entramos al tema de los nuevos nombramientos, exhortó.
Y discutido ampliamente que fue, el tema pasó a votación, misma que, a solicitud de Jorge Villaescusa, fue nominal, es decir, cantando el voto de cada diputado.
En el conteo de los mismos: 21 votos a favor del punto de acuerdo, 14 en contra. Suficiente para que el acuerdo no pasara.
Pero, oh sorpresa: un adormilado Siri Salido, del PT que había votado a favor, manifestó que se había confundido y que su voto era en contra. Lo mismo pasó con el del PVEM, Luis Mario Rivera.
Por lo tanto, se solicitó un receso para discutir el punto de la rectificación de los votos y allí votaron en contra.
La votación final: 19 a favor, 14 en contra.
La aplanadora Morena se averió en la primera discusión seria. La historia de las llantas ponchadas de la pasada legislatura se reedita.
Pero allí no paró todo. La presidenta Rosa María Mancha, que comenzó mal, terminó peor. Mandó el dictamen de regreso a la CRICP, pero eso no puede ser cuando el mismo se aprobó como de urgente y obvia resolución y, sometido a la votación en el pleno, se rechaza. Cuando esto sucede, el dictamen se desecha.
Es decir, se archiva y si se quiere discutir de nuevo, tendrá que presentarse otra propuesta en ese sentido, pero hasta el siguiente periodo ordinario de sesiones. El punto de acuerdo, por cierto, puede incluir a las mismas personas propuestas en el que ayer se desechó.
La presidenta se hizo bolas, los diputados de la coalición tampoco supieron lo que pasó; el dirigente estatal de Morena, Jacobo Mendoza dijo al final de la sesión que el asunto se devolvería a comisiones, pero al explicarle que eso no podía suceder, sólo dijo: “pues que se siga el procedimiento”.
A la aplanadora de Morena no se le poncharon llantas, pero algo se le averió seriamente. Por la noche, la comisionada nacional del PT, Ana Gabriela Guevara emitió un comunicado en el que sostiene:
“Lamento la situación ya que el acuerdo había sido estar a favor de la democracia dentro del Congreso y no del calor de los intereses de inmediatez en algo que va en contra de la ley”.
“Les recuerdo a los legisladores que no tienen fuero y que pueden ser reconvenidos por cada uno delos hoy aludidos dado el fallo del tribunal competente. Los diputados fueron electos por la población para ver los intereses de las mayorías, que no tienen que ver con intereses del poder ni del futuro inmediato”.
Así se escribió la historia de esta primera incursión de la nueva mayoría, que terminó siendo minoriteada.
Qué cosas ¿no?
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