Arturo Soto Munguia
Hay luces rojas y azules rompiendo la noche en las colonias del sur de Hermosillo. Apenas son las nueve, pero ya no hay mucha gente en las calles que en esos momentos recorre un convoy de la Policía Estatal de Seguridad Pública: cuatro pick up, una de ellas blindada y una tanqueta.
Unos 30 elementos con el ojo avizor, buscan sospechosos en calles y callejones; en plazas y parques donde ya casi no se ven niños y jóvenes jugando, gente haciendo ejercicio o paseando a sus perros o conviviendo familiarmente.
En esos espacios se ha invertido cualquier cantidad de recursos para equiparlos y devolvérselos a los ciudadanos, pero éstos poco a poco han tenido que conformarse con observar, desde las banquetas aledañas, cómo la noche trae consigo pequeños grupos de jóvenes que en ellos se reúnen para consumir y hasta distribuir drogas.
En el primer parque al que llega el operativo hay tres de ellos. Las luces los alertan. Uno sale como alma que lleva el diablo y se pierde con su delgada y vertiginosa humanidad en la penumbra de las calles. Los otros dos no alcanzan a reaccionar y son rodeados por los agentes, que los conducen a una de las camionetas.
Viene el interrogatorio de rigor: nombre, a qué se dedican, dónde viven, traen algo que pueda comprometerlos, han estado detenidos, consumen drogas o las venden, etc. A todo esto último los muchachos contestan que no.
Los agentes les piden que saquen todo lo que traen en sus bolsillos: aparecen celulares, papeles, monedas, algunos billetes de baja denominación y… unas bolsitas con un material blanco, granulado, cuyas características físicas corresponden a la droga conocida como Crystal.
A los chicos ‘les corren la serie’, como suele aludirse en la jerga policiaca al procedimiento de introducir sus datos en el sistema de cómputo donde llevan el registro de personas con antecedentes penales. Ambos aparecen allí, procesados por el delito de robo. Sobre sus muñecas se cierran las esposas con ese lúgubre ‘click’ de malas premoniciones. Y se los llevan a bordo de una patrulla.
El operativo sigue. Apenas una cuadra más adelante, dos jóvenes viajan en bicicleta. El criterio de las detenciones en esos barrios se basa mucho en los estereotipos: pantalones o shorts muy holgados, camisetas ‘tirahuesos’, colgajes en el cuello, gorras, camisetas varias tallas mayores a las que correspondería a sus cuerpos. Y pocas veces falla.
Los muchachos son puestos contra la pared. El procedimiento se repite hasta llegar a la consabida ‘báscula’. A uno de ellos le encuentran en el tenni izquierdo una bolsita con crystal; al otro, mariguana entre sus ropas. Son detenidos. Los vecinos salen a las banquetas a observar con curiosidad el operativo.
Uno de los agentes nos advierte que tengamos cuidado, porque en otras ocasiones, en otros barrios, los vecinos han agredido a pedradas a la policía para tratar de evitar las detenciones. Generalmente sucede cuando los detenidos son del propio barrio, lo que no parece ser el caso con estos dos.
Cinco minutos después le marcan el alto a un tipo que va a pie, con una mochila al hombro. Al revisarlo le encuentran un cuchillo en la bolsa trasera del pantalón y un envoltorio con ‘bachas’ de cigarros totalmente consumidos. Nadie sabe decir, ni él, para qué las quiere. Son de esas cosas raras que se encuentran a veces. En la mochila trae otro cuchillo de fabricación casera: un trozo de metal afilado a punta de esmeril, envuelto en una de sus puntas con cinta aislante. También trae otras cosas raras, como una polea y cables de computadora. Y un foco fundido.
Mientras el operativo recorre un sector de la colonia, otras patrullas lo hacen en calles cercanas. Desde una de ellas llega el reporte. Un individuo fue capturado en flagrancia mientras desvalijaba instalaciones de una antena de Telcel, concretamente en la parte donde funciona un sistema de refrigeración al que ya había prácticamente había arrancado el compresor ¡funcionando!
-¿Por qué me detienen a mí, señores?, preguntaba con voz entrecortada. “Si yo soy el que les llamé, aquí los estaba esperando”, les repetía a los agentes que, en realidad, no habían recibido llamada alguna, sino que lo sorprendieron mientras patrullaban el lugar. Los argumentos que dan los detenidos son a veces inverosímiles y eventualmente pueden concitar sonrisas entre escépticas e irónicas.
Como el tipo que detuvieron una media hora después, con un envoltorio de mariguana que fácilmente rebasa la cantidad permitida para uso personal. “Sufro de dolor de huesos, oigan, por eso la fumo; tengo mi credencial del DIF”, argumentaba.
-¿Tienes la receta?, preguntó uno de los agentes.
-No.
Le ‘corren la serie’. Aparece con antecedentes por robo.
El mismo agente procede a leerle sus derechos. Una larga exposición que aún no aprende de memoria y se ayuda con una hoja impresa, donde en las últimas líneas aparece una pregunta acerca de si entendió lo que le habían leído.
-Y si no los entiendo qué; ya me chingué, balbucea.
Después de detener a otro tipo en posesión de un envoltorio conteniendo un vegetal verde y seco al parecer mariguana, el operativo se dirige a la colonia Nuevo Hermosillo.
En el quicio de un expendio de cerveza, un tipo está tomándose una gaseosa. El operativo cae por sorpresa. El tipo se levanta y busca con la mirada una posible ruta de escape; intenta acercarse a la bicicleta que había dejado en la banqueta, pero se da cuenta que es inútil. Está rodeado de policías.
Se repite el procedimiento del interrogatorio y la revisión. La encargada del expendio saca su celular y comienza a grabar la escena, mientras suelta algunas palabras en defensa del detenido. “Déjenlo, él es bueno, no hace daño”, dice, mientras los agentes sacan del pantalón del hombre, puesto con las manos sobre la caja del pick up, un cuchillo cebollero de regulares dimensiones.
No hace falta ‘correrle la serie’. Ante el interrogatorio, revela que recién acaba de salir del Cereso I. Que estuvo preso diez años, por homicidio. La señora del expendio guarda su celular.
El tipo parece drogado y a veces intenta ponerse agresivo, pero está en franca desventaja. Un agente toca algo entre sus ropas, en el pantalón, debajo de su ombligo. Comienza a buscar cómo sacarlo. Hay expectación por ver qué es. Resulta un trozo de madera. Equis. Como si fuera del marco de un retrato o algo así. Nada que ver con un arma o algún objeto peligroso. De esas cosas raras que les encuentran.
Al filo de la media noche, el operativo encuentra a dos jóvenes en la semipenumbra, frente a unas casas en esa misma colonia. Los jóvenes intentan huir hacia las casas, pero se regresan subrepticiamente. Los detienen para interrogarlos y al revisarlos no les encuentran nada. Pero unos agentes revisan el lugar a donde se dirigieron inicialmente. Sobre un aparato de refrigeración, encuentran una bolsa con unos 200 gramos de mariguana.
Junto a la bolsa, una hoja de cuaderno en la que aparece un listado en dos columnas: la de “Deven”, donde aparecen 11 nombres con diversas cantidades que van de los 15 a los 250 pesos. Algunos con acotación que indica que han abonado a la deuda.
La otra columna es la de “Devo”, donde se lee: “900 de cura” y “300 de mota”.
Uno de los chavos tiene 19 años; el otro 22. Juegan con muchas historias sobre el origen de la droga: que se la hallaron, que se la compraron a un trailero, que se las dio ‘uno de los que están arreglados aquí’…
Llama la atención el desenfado con que ríen de buena gana a veces; a veces nerviosos. Ir a la cárcel no les asusta; lo asumen como riesgo de trabajo, como gajes del oficio o peor aún, como acreditación curricular. De hecho, ya lo acreditaron porque de vuelta a la base de la PESP, entraron esposados al Ministerio Público.
La ciudadanía clamaba por acciones de prevención del delito y combate a la delincuencia. El clamor se convirtió en grito desesperado cuando comenzaron a aparecer los llamados ‘macheteros’ sembrando el terror y llevando las cosas al extremo con el asesinato de Martín Pacheco, un enfermero del Isssteson que tuvo una trágica muerte a manos de unos de ellos, mismos que ya están presos.
Surgió entonces la declaración del Fiscal General, Rodolfo Montes de Oca en el sentido de que sus agentes, los de la Policía Estatal Investigadora estaban autorizados para utilizar sus armas de cargo contra quien desenfundara una de esas armas (o un arma de fuego) contra los policías. En unos días, cuatro presuntos fueron muertos a tiros en Hermosillo.
No se ha vuelto a saber de otro caso. De hecho, un agente de la PESP nos contó que en un operativo previo al que nos invitaron, se toparon con un hombre armado con machete. Cuando los vio, el tipo tiró el arma al suelo y se tiró pecho a tierra. Usted saque conclusiones.
En el operativo del miércoles no hubo disparos. Hubo más de diez detenciones de personas con drogas, armas blancas y antecedentes penales. La mayoría, bajo los efectos de alguna droga. Todos deambulando en las calles y representando un potencial riesgo para los ciudadanos.
Ayer jueves se repitió el operativo, y continuarán haciéndolo. Es posible que muchos de los detenidos tengan el beneficio de la eufemísticamente llamada ‘puerta giratoria’ que permite, de acuerdo al Nuevo Sistema de Justicia Penal, que alcancen la libertad en unos cuantos días y a veces en unas cuantas horas.
Una ‘puerta giratoria’ que el secretario de Seguridad, Adolfo García Morales está tratando de trabar mediante una reforma legal que reconsidere los beneficios que gozan los presuntos delincuentes para alcanzar casi de inmediato la libertad ya sea mediante el pago de una fianza o un acuerdo para resarcir el daño ocasionado. En esta propuesta han coincidido también el alcalde Maloro Acosta y el coordinador parlamentario del PRI, Epifanio Salido.
Es un hecho que la presencia policiaca en las calles inhibe la delincuencia y ‘enfría’ –al menos temporalmente- esas zonas de mayor incidencia delictiva, donde los malandros están comenzando a sentir la reducción de sus márgenes de impunidad.
La ciudad es muy grande y sigue creciendo. En el recorrido nos pudimos dar cuenta de la impresionante cantidad de casas deshabitadas que existen en ese sector (y seguramente en otros) que han sido tomadas por los malandros como centro de reunión y ‘picaderos’.
Falta también intensificar el combate al narcotráfico urbano y sus ‘tiraderos’, algo que también se está haciendo en otros operativos, pero en los que por motivos de seguridad se evita llevar a la prensa.
En las próximas semanas veremos de qué manera ha impactado en los índices de violencia este tipo de acciones. Pero sigue llamando la atención que en algunos casos, la propia gente sale a defender a los presuntos y a tratar de evitar las detenciones. También como sociedad debemos hacer algo al respecto.
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