Redes sociales: te cambio un sicario por un troll

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Arturo Soto Munguia

Por prescripción médica-odontológica, este columnista hubo de permanecer en reposo total todo el día de ayer. Leyendo las notas del día, deduzco que la jornada estuvo floja y no hubo mucho qué escribir. Y si los colegas que anduvieron en la calle pergueñaron poco material, imagínense lo que pude haber conseguido desde la breve convalecencia.

Los lectores, las lectoras de El Zancudo son, como ya se sabe, sumamente exigentes y fieramente implacables a la hora de reclamar las entregas cotidianas de esta, su columna favorita y desde ayer ya muchos cuestionaban la ausencia de estas líneas, preguntando si acaso las hacía con los dientes o qué chingados.

La convalecencia coincidió con una escalada en el debate sobre el papel de las redes sociales en todos los ámbitos de la vida pública y en no pocos de la vida privada, tema abordado por cierto en el anterior despacho, a propósito de varios personajes que se vieron involucrados en escándalos que incluso les costaron el trabajo: Alberto Natanael Guerrero, Sergio Romano, la maestra Clarissa, Jorge Picos por citar los más representativos.

Es así que se me ocurrió, abusando de la comprensión del público más añejo, rescatar un texto escrito por allá en 2012, a propósito de las redes sociales que ya despuntaban como lo que hoy son. Lo actualizo considerando también que al menos el 70 por ciento de mis actuales followers tuiteros no lo eran cuando el texto vio por primera vez la luz, de manera que podría resultar de su interés.

Ya mañana (hoy) nos reincorporamos a la talacha desde temprana hora, prometiéndoles el reporte oportuno del encuentro que a partir de las 8:00 horas sostendrá la gobernadora Claudia Pavlovich con los colegas del grupo Contrapunto 10, y en donde seguramente la grilla se pondrá al orden del día.

Por lo pronto aquí les dejo estas consideraciones, especialmente a quienes no nos seguían hace cuatro años.

De manera más bien circunstancial, El Zancudo incursionó en la red social Twitter, donde gratamente ha recibido una buena acogida, dicho sea sin albur y con todo respeto. Porque luego la comunidad twittera es harto maldita y despiadadamente ácida.

Confieso que hasta antes de ello, las incursiones zancuderas en Twitter eran más aisladas que frecuentes y eso obedecía básicamente a que no lo consideraba necesario, pues diariamente la columna era enviada a poco más de 5 mil 600 eventuales lectores inscritos en el banco de datos que a través de los años fui integrando, y a quienes hacía llegar estas líneas cotidianamente utilizando un programa de envío masivo de mails.

Pero el programa tronó y la columna tuvo que salir algunos días de circulación. Alguien sugirió que podría sustituir el envío masivo de mails con la incursión en la red social, y como ‘el jodido a todas va’, diría mi apá, le entramos al asunto, con tan buena fortuna que en unas cuantas semanas, la lista de seguidores ya suma más de 15 mil followers y contando.

Si son muchos o pocos es, como todo en esta vida, relativo. Lo que es un hecho es que la zancudera incursión en Twitter ha permitido descubrir el potencial de las redes sociales como elemento indispensable del debate público en estos tiempos.

La red social es el ágora de estos tiempos, la plaza pública donde todos convivimos para coincidir o para discrepar; para enamorar y para odiar; para esgrimir las indirectas más soeces y las directas más románticas; para cobrar afrentas y concretar revanchas; para el elogio y para el denuesto.

En la red social hay de todo, como en la plaza pública. Estirados y lombrosianos; artistas realizados o incomprendidos; aspirantes a poetas que en el aire las componen.

Funcionarios con traumas adolescentes fallidamente escondidos en un seudónimo; activistas del teclado, arengadores de multitudes que por fin vencieron su timidez y su pánico escénico agazapados tras el teclado o absortos en la pantalla de su Smartphone.

Mujeres fatales en pijama de franela; hombres empeñados en asumirse como tales hasta que se demuestre lo contrario; teóricos de la Wikipedia y analistas de los temas más inverosímiles; valemadristas de la noche que llevan sus ojeras a la misa de siete en la mañana; graduados del master en copy-paste, científicos locos y no tanto; amantes desgarrados, novios que debaten la disyuntiva entre cortarse las venas o dejárselas largas; ministros de cultos personalísimos, constructores de universos ideales o de virtualidades a las que la realidad ha hecho añicos.

Hay quienes componen el mundo o lo descomponen, según sea el caso. Opinadores de todo, frecuentemente erráticos; diputados, senadores, presidentes, incluso de la República. Disidentes despechados, periodistas abrochados. Valentones de cantina que jamás ganaron una pelea y decidieron mejor darse un tiro con el mouse y el touchscreen.

Tímidas coquetas enfundadas en lencería de dudosa procedencia; superhombres armados con tecnología de punta que les resuelve todo, menos la interacción con sus iguales en la vida real; albureros irredentos, francotiradores a sueldo, amantes de las letras y terroristas de la ortografía; policías desprevenidos y sin chalecos antiletras; trapecistas de la grilla sin la más mínima red protectora.

Aspirantes a la nómina y aterrorizados por salir de ella; despreocupados de la vida y de la muerte; amigos que se quitan la camisa por las causas menos predecibles y enemigos que te parten la madre por razones que bien a bien, ni ellos ni tú saben.

Los teóricos y los prácticos de las redes sociales están ahí, dándole un uso efectivo a la comunicación que se estila por estos días, y con todos y todas ellas se ha encontrado El Zancudo, lo cual es un honor y una constante aventura.

Para efectos prácticos y para los fines de esta columna, las redes sociales han sustituido el programa de envío masivo. En los últimos días hubo despachos que recibieron en Twitter, más de 170 mil renvíos, y actualmente el promedio mensual de impresiones en mi cuenta de tuiter es de 1,2 millones gracias a toda esa banda plural, diversa, heterogénea, desconocida o cercana, pero siempre dispuesta a hacerla de pedo, así sea de lejitos.

Pequeños ejércitos que se organizan a veces involuntariamente para multiplicar penas y gozos, rabias y sinsabores, amarguras y razones para ser felices. En esas andamos y por todos esos motivos, va un saludo que puede o no ser leído, lo cual es irrelevante también, porque en la red social, cada quién lee lo que le da su chingada gana, lo cual es particularmente encantador.

Pequeños ejércitos que se organizan también para levantar barricadas a la intolerancia, a la chapuza, al abuso del poder que engendra pequeños, contrahechos monstruitos que lucen en su joroba una manivela para darles cuerda y ponerlos a repetir lo que de por sí se repite repetidamente, confiando en que a fuerza de repetirlo, puede convencer a alguien, aunque no convenza ni a quienes les dan cuerda.

Alguien escribió que la red social es la plaza pública de estos días, y que el debate está aquí. Pues bueno, El Zancudo se suma a la plaza pública y a ver qué sale. ¿Vale?

Por lo pronto y en vía de mientras -o como dijera un desaparecido amigo-, “para que lo sepan y además se enteren”, esta columna está presente, vigente, en www.elzancudo.com.mx y en Twitter @Chaposoto.

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