
MARIO JOSÉ Bergoglio, entonces obispo en Argentina sufrió persecución del gobierno en aquella etapa del totalitarismo militar, cuando hizo peligrar su vida por proteger a disidentes del sistema. A uno de los que huía, y que se parecía a él de joven, le entregó su pasaporte para que pudiera abandonar el país. Pero hoy es el Papa Francisco. Y su voz pesa.
Desde que fue ungido no había durado tanto en una gira papal. Argentina es el país con mayor número de católicos en el mundo, México es el segundo pero los argentinos no tienen a la guadalupana.
La pregunta es: ¿qué va a dejar su visita a nuestro país?
El Papa Francisco trae un mensaje muy impactante que ha diseminado por el mundo y que ha dado en llamar “cultura del descarte”.
Critica el consumismo que busca la maximización de las ganancias por sobre cualquier obstáculo, así sea el aplastar a otros seres humanos. El descartar la vida, a los pobres, inmigrantes, ancianos, niños no nacidos, a lo que no tienen voz, viene a pegar en las políticas públicas de México y del resto del mundo.
Pero no ha sido una lucha propia del Papa Francisco, más bien es una nueva posición de la institución pues hay que recordar que con Ratsinger, o el Papa Benedicto XVI, se crearon en marzo diez del 2008 lo que la Iglesia Católico denominó Los Siete Pecados Sociales. Recuerde que renunció y le pasó el bastón de mando a un jesuita que requería abanderar, encabezar y promocionar la mencionada propuesta.
Estos pecados calificados como sociales son los siguientes:
1-Las violaciones bioéticas (como la anticoncepción).
2-Las técnicas experimentales moralmente dudosas (como investigar con células madres).
3-La drogadicción.
4-La contaminación del medio ambiente.
5-Contribuir a ampliar la brecha entre los ricos y los pobres.
6-La riqueza excesiva.
7-Generar pobreza.
Y si se fija, pegan en cualquier gobierno principalmente a la vez que conforman la mencionada “cultura del descarte”.
Aunado a ello se ha dado un cambio estructural en la Iglesia que usted poco a poco va a notar cuando asista a misa, donde el lenguaje, la filosofía y la actitud de los sacerdotes tenderá a ser más de aspecto de líder social que moral. La Iglesia ya no pondrá la otra mejía, en parodia claro está, cuando sea golpeada, subajada y hasta señalada por sus enemigos como la hacedora del desorden social.
El Papa está dejando la semilla de la insurrección en México, pero no para que se cambie de sistema sino de actitudes. Nos está diciendo a los católicos que en nosotros está lograr el cambio de nuestro entorno, lo mismo que papá gobierno, pero quien no quiere soltar el control y servir únicamente como intermediario de la transformación que solicita la sociedad.
La cultura del descarte vendrá a convertirse en palabra que se repetirá una y mil veces desde los púlpitos de las miles de iglesias que hay en México. La trascendencia de esto la veremos reflejada en corto, mediano y largo plazo, pero sin violencia física.
Puedo apostar que los líderes de opinión religioso van a triplicar su poder mediático y así como pueden ser un peligro para gobierno, también puede ser un factor benéfico siempre y cuando los intereses se conjuguen en uno solo: bienestar social. ¿Suena a panista, verdad?
El Papa es jesuita. Son 18 mil integrantes en el mundo de esta orden caracterizada por ser los más cultos en conocimiento aunque sus procesos de llevar la palabra de Dios difiere de otras órdenes religiosas. Recuerde lector que, por ejemplo, los jesuitas en Sonora han estado involucrados en universidades –Unison, entre ellas–, son los confesores de la clase alta, la productiva, mucho más que los del Opus Dei, sobre todo en las damas de la alta sociedad, las que mueven realmente el actuar de la sociedad.
Incluso, son los que han tomado las armas y realizado actos públicos violentos amparados en la “teología de la liberación”.
Todo indica pues que esta, la primera de muchas visitas que hará el Papa a México, vendrá a despertar esa conciencia ciudadana que tanto se ha requerido. El Papa, pues, no vino a traer la paz, sino la guerra y su arma predilecta, sin duda alguna, es ese pregón sobre la cultura del descarte que suena bien si fuera una campaña mercadotécnica.
La nueva generación de sacerdotes, la de los ochentas para acá, en sus visitas a tanto pobre y enfermo siempre se han preguntado cuando mejorará la condición de los que menos tienen. Son líderes naturales que sienten que ya les llegó la hora de actuar pues el consentimiento papal ya lo tienen.
Así que no le extrañen esas frases: “traficantes de la muerte”, “la precariedad no sólo amenaza el estómago sino el alma”, “no escuchen al diablo”, “todos somos necesarios en la construcción de la sociedad”, “no se dejen corromper (obispos) por el materialismo trivial ni por las ilusiones seductoras de los acuerdos debajo de la mesa”, “el egoísmo crea terreno fértil para la corrupción”, “¡Ay de ustedes si se duermen en los laureles! “… y así por el estilo.
EN FIN, por hoy es todo, mañana le seguimos si Dios quiere.
