El Zancudo
(No mata, pero hace roncha)
Arturo Soto Munguía

La elección interna del PAN fue sorpresiva. No porque haya resultado electo como dirigente nacional el queretano Ricardo Anaya, sino porque a los maderistas se les pasó la mano y metieron a las urnas más del 80 por ciento de los votos de un padrón trabajado durante años para ganar las internas, independientemente que en las constitucionales se los lleven al baile.
Es el famoso ‘mal menor’. Perder el gobierno ganando el partido es un negocio redituable. Si pierden las posiciones en gubernaturas, alcaldías, diputaciones o senadurías es sin duda un mal negocio, pero sería peor si, perdiendo esas posiciones, se quedaran además sin el control del aparato partidista, ese que señaladamente a partir de 1988 les ha permitido avanzar, de la concertacesionadora mano del PRI por el anchuroso camino del poder compartido, en el que se han mimetizado alegremente.
Más aún, en casos como el de Sonora, el sexenio de Guillermo Padrés documentó abundantemente cómo es que en materia de corrupción, nepotismo, agandalles y raterías, el PAN no sólo se mimetizó con ese PRI que gracias a esas prácticas fue defenestrado de Palacio en 2009, sino que lo superó con creces.
Por lo mismo, y como se ha repetido hasta el cansancio, si al PRI le llevó 80 años hartar a los sonorenses, al PAN le bastaron sólo seis. De ese tamaño el atraco.
Sin embargo, eso no parece importar mucho a la hora de afianzar, mediante prácticas fraudulentas de la más baja laya a un grupo dominante que, a juzgar por la convocatoria en las urnas, es incapaz de concitar el interés de los propios militantes. Apenas un 40 por ciento de la militancia acudió a votar y, según cálculos conservadores, la mitad de ellos lo hicieron bajo mecanismos de coacción (promesa de chamba o amenaza de perderla, entre los más comunes); el acarreo, la compra del voto o el canje por diversas y míseras prebendas.
Así las cosas, Ricardo Anaya llega a la dirigencia nacional del PAN legitimado (es un decir) por el 20 por ciento de la militancia, una base social que corresponde quizá al número de empleados que tiene el PAN en los estados donde son gobierno. Pero rechazados por un número casi igual de militantes panistas que votaron en contra de la continuidad de una dirigencia en la que no confían.
Ricardo Anaya llega pues, a la dirigencia nacional apoyado sólo por la casta dorada de su partido; ignorado por la mayoría de la militancia (60 por ciento que no acudió a votar), y despreciado por un número importante de panistas que votaron por Javier Corral, a quienes humillaron echándoles encima la maquinaria del partido, con todo el dinero de sus financieros, entre ellos, desde luego, los gobernadores de Puebla y Sonora.
Es un triunfo pírrico el de Anaya (otra victoria como esta y estamos perdidos), aunque para efectos de seguir medrando del sistema de partidos en México, les sobra y les basta.
De hecho, todo parece indicar que estamos en la antesala de un relanzamiento de las concertacesiones ochenteras y noventeras que tan buenos resultados le dieron al PAN, aunque para el país hayan dejado un saldo rojísimo.
Los maderistas-anayistas-padrecistas festejaron este triunfo con la misma euforia con la que el PRI celebraba, en los tiempos de Echeverría y López Portillo, que su partido ganara la presidencia con más del 90 por ciento de los votos. En uno y otro caso son, como eran, producto del ‘atraco legal’ que permite un sistema creado por ellos para favorecerse a ellos mismos.
En Sonora se reprodujo la tendencia nacional: menos del 40 por ciento del padrón panista acudió a las urnas, y los que acudieron fueron funcionarios del gobierno y acarreados en su gran mayoría. Legitimidad de oropel. El mismo sistema que usaron en la lección constitucional de este año cuando alardeaban carros completos con serpentinas y confeti, pero el siete de junio les dio la bofetada de su vida. Y será peor la de bajada.
Estado por estado, la derrota de Javier Corral fue abrumadora y destacan entidades gobernadas por el PRI, como Veracruz, donde la diferencia fue de 20 mil a 2 mil votos a favor de Anaya; estado de México (16 mil a 2 mil 700); Nuevo León (105 mil contra 2 mil 200), por citar unos ejemplos. Ni decir de estados gobernados por el PAN, como Sonora o Puebla, donde la ventaja fue de cuatro a uno, si bien la votación fue raquítica.
Al final, en la elección del PAN ganó el abstencionismo de la militancia, pero eso es un decir, porque en realidad, ganó la nomenklatura del partido. La que en esta elección asegura su sobrevivencia.
Y aún más que eso, porque bien vistas las cosas, a quien mejor convenía que ganara Anaya y su gente (incluyendo a Padrés y Madero) es justamente a los priistas. Particularmente al presidente Peña Nieto y al nuevo dirigente nacional del tricolor, Manlio Fabio Beltrones.
Tendrán no sólo una oposición dócil, subvencionada y subyugada, sino además, con casos concretos como el de Guillermo Padrés, en la antesala del penal del Altiplano, a quienes pueden sacarle los votos que quieran en la perspectiva de los tres años que le quedan a Peña Nieto.
¿Cuánto vale la impunidad de Padrés? ¿En cuánto se tasa el ‘no pasa nada’ rumbo a la elección 2018, con Beltrones perfilado a la candidatura presidencial? ¿Qué estaría dispuesto a negociar el PAN de Anaya (que es decir, el de Padrés) para que en México todo siga igual?
Escenario de terror, sin duda. Ganan los prianistas en el PAN nacional; el discurso de Anaya sobre combate a la corrupción se va por el caño de la retórica de coyuntura; salvan el pellejo y todo queda igual.
Nunca como ahora quisiera estar equivocado, pero no se vislumbran señales claras en otro sentido, sobre todo si se considera la eventualidad de que dentro de dos años, Andrés Manuel López Obrador vuelva a ser candidato de las izquierdas a la presidencia. ¿Alguien duda de que el PAN y el PRI no irán otra vez de la mano para cerrarle el paso a ese ‘peligro para México’?
Y en el terreno local, ¿alguien duda que Beltrones y Padrés no se volverán a tomar la foto degustando un cafecito platicador?
Insisto, quisiera estar equivocado, pero no veo una señal en otro sentido.
Este martes, en Hermosillo, habrá de realizarse la Asamblea del Consejo Político Estatal del PRI, en la que estará presente, precisamente Manlio Fabio Beltrones, que inicia su recorrido nacional para legitimar lo que ya es un hecho: su condición como el tercer sonorense (después de Plutarco Elías Calles y Luis Donaldo Colosio Murrieta) en arribar a la presidencia del PRI.
Habrá que estar muy pendientes de los mensajes que mande el siempre críptico político de la Colonia Irrigación, hoy municipio de Benito Juárez, a propósito de la coyuntura en Sonora.
Especialmente porque este lunes se abre la ronda de reuniones bilaterales entre los gobiernos entrante y saliente de Sonora, para darle curso al proceso de entrega-recepción, donde se esperaba que salieran chispas, pero hoy se puede presumir que habrá puro ‘becho y abacho’.
Eso, desde luego, entre los equipos a cargo. Porque entre la sociedad civil ya se está gestando una comisión de entrega-recepción independiente que puede hacer la diferencia el próximo 13 de septiembre, se presente o no Guillermo Padrés.
Porque también están creciendo los rumores de que el gobernador de la alternancia fallida no se presentará ese día.
En fin. Ya veremos.
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