El Zancudo
(No mata, pero hace roncha)
Arturo Soto Munguía

No puede uno irse de vacaciones unos cuantos días porque al regresar se encuentra con un pinche tiradero por todos lados.
Aprovechando mi ausencia, Peña Nieto se fue a Francia con todo y gaviota y gaviotitas, y el Chapo Guzmán se fue del penal de alta seguridad del Altiplano donde lo tenían apandado, nomás para confirmar que aquello que un abogado no puede resolver, viene un ingeniero y saca la tarea.
Así no se pinches puede.
El presidente de la república, que apenas el año pasado declaró en entrevista con León Krauze que sería “imperdonable” que el Chapo se volviera a escapar, ahora se manifestó indignado por la fuga del jefe del Cartel de Sinaloa, aunque no lo suficiente como para regresar a México a hacerse cargo de la situación, pero mandó a su policía chino, Miguel Ángel Osorio Chong para hacerse cargo de las pesquisas.
El domingo que recién concluyó fue pródigo en escarnio para un gobierno del que todo mundo infiere, se encuentra a merced de un poder que lo rebasa y aporta elementos suficientes para concluir que la corrupción, definida por el presidente como “un asunto a veces de orden cultural”, en realidad es una práctica auspiciada, fomentada y reinventada desde las esferas del poder, donde la suma de complicidades recrea pasajes difícilmente imaginables para el común de los ciudadanos.
Durante más de un año se estuvo construyendo el túnel por donde se fugó de nueva cuenta El Chapo Guzmán. Si en su primera fuga, la del penal de Puente Grande, rebautizado desde entonces como ‘Puerta Grande’, el capo se escapó en un carrito de lavandería, esta vez se pusieron, piedra sobre piedra, los cimientos para la construcción de nuevas historias sobre el verdadero poder del crimen organizado en México.
A un kilómetro y medio del penal del Altiplano, y a dos kilómetros de una zona militar se construyó una bodega en medio de campos agrícolas, desde la cual se perforó un túnel a diez metros bajo tierra, con precisión milimétrica para terminar en el área de duchas, donde Guzmán Loera, fuera de las cámaras de seguridad, rompió el piso para bajar por una escalera y caminar por ese conducto ventilado hasta salir a la bodega y, según los reportes de prensa, abordar un pequeño helicóptero que lo llevó vaya usted a saber dónde.
El común de los mortales, es decir, usted y yo, no sabemos con exactitud qué fue lo que sucedió, pero sin duda nos los imaginamos.
Y lo que imaginamos no tiene nada qué ver con asombros fingidos, sino con experiencias ya sea propias, o transmitidas por la siempre presente tradición oral, que nos ha alimentado el escepticismo desde hace décadas a propósito de la complicidad entre el gobierno y el narcotráfico.
Todavía en los 90, en un predio muy cercano a Benjamín Hill, en Sonora, eran los soldados quienes custodiaban un extenso sembradío de mariguana. Y si le preguntan a cualquier habitante de la sierra alta sonorense, contarán mil historias de policías y narcos en acciones conjuntas.
El descrédito del gobierno derivó, desde entonces, en una entronización de nuevos referentes, que resultaron ser algunos capos de la droga. El fenómeno no es nuevo ni privativo de México, aunque aquí adquiere dimensiones épicas, sobre todo porque en ciertas regiones y bajo ciertas circunstancias, el narco ofrezca más opciones de bienestar social que el gobierno.
¿Suena rudo? Sí, pero así es. No digo, ni mucho menos, que así deba ser, pero así es.
Si en estos momentos se levantara una encuesta sobre la popularidad de Peña Nieto y la del Chapo Guzmán, no tengo duda que el segundo ganaría con amplia ventaja.
¿Fenómeno cultural? No. Es un fenómeno político.
Es decir, los gobernantes han sido tan incapaces de resolver los asuntos de vida cotidiana de la población: empleo, salud, educación, ingresos, condiciones mínimas de seguridad (vaya paradoja), que en el imaginario colectivo se forjan nuevos héroes, especialmente aquellos que luchan contra el gobierno. Contra ese gobierno que no solamente no resuelve problemas, sino que expolia a los ciudadanos y con sus grandes ganancias se solaza en la exhibición de la brecha que separa a quienes trabajan diariamente por buscar una vida sin lujos, pero sin precariedades, y quienes presumen sus riquezas sin recato.
Entre los vestidos de La Gaviota y los caballos de Padrés, con alberca, clínica de maternidad y aire acondicionado, o la posibilidad de un ‘cuerno de chivo’ con incrustaciones de diamantes, preguntaría qué es lo que está más cercano a la cotidianeidad de los millones de mexicanos que viven en pobreza extrema.
No es casual que el Chapo Guzmán se vea como un héroe entre una población harta del mal gobierno.
Habría que preguntarse en todo caso, qué es lo que está haciendo el gobierno mexicano para no darle motivos a todos quienes se burlan de él, para que dejen de hacerlo. O para no arraigar más en la cultura popular la idea de que la justicia debe llegar por la vía de las instituciones, y no de los forajidos.
El problema estriba, claro, en ese pequeño problema que representa el saber, el enterarse día con día, que los forajidos portan estandartes de partidos políticos, abogan por la institucionalidad y estructuran discursos de paz y progreso, mientras el pueblo se muere de hambre o se mata en una guerra a la que no ha sido convocado.
No hay engaño: si el Chapo se fue otra vez de la prisión, es porque el gobierno lo dejó irse. Eso lo tenemos muy claro todos.
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